Ni París la eterna, ni la estación de autobuses de Maracaibo entre pregoneros de arepas, ni Varadero con arenas como ventiscas blancas ausentes entre un collar de islas, ni los callos donde tantas veces amé al mismo amado hombre, ni los santiagos multiplicados por afán de peregrinos y conquistadores, ni Venecia envuelta en la más fina neblina de carnaval, ni la Pampa extensa con molinos y vacas confirmando el origen, ni el oro del museo de Bogotá que canta el dolor del indio, ni las fuentes de Berlín con madonas inalcanzables, ni los bosques compitiendo en ocres auspicios del otoñal cambio de los días, ni el nocturno de Chepen desangrando su piano nostalgiando su infancia dejaron la misma huella que tu dedo, al dibujar distraído, un garabato sobre la línea de mi espalda...
12/20/2006
12/05/2006
11/29/2006
volare....

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; pero eso sí ¡ y en esto soy irreductible ! no
les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar
¡ pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Esta fue - y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿ Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando se preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba las compras, sus quehaceres...
¡ Con qué impaciencia esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí¡ lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado ¡
" María Luisa! María Luisa!"... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Que delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡ Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿ puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿ Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca que con una mujer que tenga las
nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedreste , y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo.
Capítulo 1 de "Espantapájaros"
Foto : Jan Saudek
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